Mi abuela Rosario, mujer de amable sonrisa, nació en Cádiz y la ciudad la bendijo con su don más donairoso, que no es otro que el donaire. Ella tenía gallardía, gentileza, soltura y agilidad de cuerpo para andar y bailar. En cuanto sonaba la música, ella prendía con sus dedos la punta del delantal, que atraía con gracia a su cadera, caracoleaba en el aire con sus brazos figuras armoniosas, mientras sus pies taconeaban el suelo al compás.
Apartar mis ojos de su estampa yo, embelesada, no podía. Ella, mi abuela, se convertía en la dueña del arte, de un encanto misterioso para mí.
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