Mi nombre es Marpesia y soy un espíritu libre que vaga por el universo con un único fin, mantener vivo el fuego eterno, eso que vosotros llamáis amor. En mi eterno vagar me acompañan seres sobrenaturales con la misma misión y así intentamos inclinar la balanza hacia la comprensión, la tolerancia, la igualdad, la justicia, la solidaridad, etc.,
Nos reencarnamos en seres de este mundo. Una de mis reencarnaciones fue en la reina mitológica de las amazonas que gobernó durante más de 100 años en un lugar remoto de Asia. Acabé exhausta, las mujeres no querían más que guerras y pasado un siglo me cansé.
En mi vida actual, me nacieron en una ciudad al noroeste de Marruecos, la perla del Atlántico como la llaman poetas árabes contemporáneos. Cuna de piratas en el siglo VII y luego conquistada por los portugueses, españoles y repartida al fin entre franceses, ingleses y españoles.
Cuando yo nací hace más de medio siglo, mi ciudad era protectorado español. Soy bisnieta de un maestro escuela que a finales del siglo XIX cruzó el Estrecho de Gibraltar en misión cultural, acompañado de mi bisabuela, mujer valiente y trabajadora que creyó en la aventura de su esposo y liándose la manta a la cabeza, cogió a sus diez hijos y se embarcó en un viaje sin retorno. En los años sucesivos, mi familia fue creciendo y en la tercera generación por estas tierras, nací yo. Hija de una pareja enamorada, mi infancia transcurrió feliz, rodeada de primos, tíos, abuelos, hermanos.
Además del amor y la alegría, otra constante en mi vida ha sido el mar, recuerdo el susurro de las olas, los baños en la playa en los días cálidos del verano o el violento chocar de las aguas contra las rocas durante la galerna.
El canto del muecín llamando a la oración, el aire impregnado de las esencias y especias orientales, el respeto entre las diversas culturas que habitamos la ciudad como la hebrea, bereber o española, cada una con sus tradiciones, creencias y costumbres llevadas con libertad, y respeto
Elegí para criarme a una mujer susi, portadora de la sabiduría ancestral de mujeres duras del desierto del Sáhara, su piel negra, áspera y curtida por duros trabajos, sus ojos negros dulces y profundos como la noche, su tacto era una caricia y su voz melodiosa, aún sin entender su idioma, comprendía desde temprana edad el lamento de su canto y la esperanza en el futuro.
Y entre mi madre, Mbarka, que así se llamaba mi cuidadora o mi segunda madre, y mi abuela Encarna pasé los primeros años de mi vida, feliz y asombrada de tantas aventuras que se pueden vivir. Aprendí de ellas a ser valiente, a cuidar mi cuerpo y mi mente, me enseñaron emociones, sentimientos y la dureza de la vida, y pusieron en mi la semilla del conocimiento y defensa del ser humano, sea quien sea o pertenezca a cualquier estirpe o creencia. Mi agradecimiento para ellas por toda la eternidad.
3 comentarios:
Charo me ha gustado mucho el comienzo de tu historia. Estoy impaciente por saber como continúa. ¿Cuál es tu ciudad Tánger o Tetuán?
Ánimo tienes madera de escritora
Isabel
Gracias Isabel.
Mi ciudad es Larache. En Tánger vivían mis abuelos paternos.
Y sólo es el comienzo... esto promete.
Mil gracias!!!
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