Aún no era la hora de comer. Para aplacar el hambre me dirigí a la nevera y la abrí. Eché un rápido vistazo y entonces las vi. Allí estaban ellas, en un cuenco de cerámica, juntas, jugosas, sabrosas, atrayentes, apetitosas. Sin poder resistirme cogí una y me la metí en la boca. En un primer instante, la saboreé suavemente, luego, chocó nerviosa con el paladar, la lengua y los dientes dejándome una explosión de sabores encontrados, salado, agridulce, avinagrado, picante. Era precisamente de las que me gustaban, machacada y aliñada. Me relamía cuando por fin le hinqué el diente. La pulpa carnosa y jugosa se deshizo en mi boca con un sabor tan fuerte y agradable que me hizo cerrar un ojo para aspirar, antes que tragar, aquel fruto de un árbol centenario.
Solitario quedó el hueso, la semilla del árbol de los obreros altivos, a quienes el alma de Miguel Hernández preguntó un día, ¿de quién? De quienes, sois, amigos. ¨
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